Lo que se revela cuando el control se pierde
Hay pérdidas que no vienen con drama. Simplemente ocurren.
No hay llamadas desesperadas, ni escenas caóticas, ni explicaciones urgentes. No hay gritos ni culpas. Solo una pequeña fisura en la rutina que, al principio, parece irrelevante. Hasta que deja de serlo.
Un domingo reciente, en medio de una jornada común —predicación, notas con Apple Pencil, café compartido, despedida— tomé el carro de regreso desde Chía hacia Bogotá. Treinta y cinco kilómetros. Tráfico normal. Ninguna alarma. Ninguna sensación de urgencia.
Horas después, ya en casa, noté algo que ningún ejecutivo quiere enfrentar: mi iPad había desaparecido.
No era un iPad más. No era solo un dispositivo. Era mi archivo mental. Ahí estaban planes, ideas, predicaciones, clases, esquemas, pensamientos escritos a mano. Lo que no se dicta. Lo que se piensa con calma. Y, para completar el cuadro, no tenía “Find My” activado. De todos mis dispositivos Apple, justo ese no estaba cubierto.
La pérdida no fue tecnológica. Fue simbólica.
Inmediatamente inicié el operativo clásico: llamadas, mensajes, reconstrucción de rutinas, hipótesis. El baño. La cafetería. La salida. El orden lógico del día. Todo cuadraba… excepto el final.
Lo había perdido entre la confianza y la costumbre.
Esa noche el vacío no fue digital. Fue interno. No por el objeto, sino por lo que representaba. Porque perder algo importante no siempre duele por su valor, sino por lo que revela de ti.
Y sin embargo, algo se activó. No fue ansiedad. Fue una pregunta.
¿Qué pasa cuando ya no puedes controlar lo esencial?
LO INVISIBLE QUE ACTÚA
El lunes no hice nada.
Ni salí. Ni reclamé. Ni avancé. No había energía para insistir. A veces el cuerpo sabe cuándo no vale la pena forzar respuestas. El silencio no siempre es resignación; a veces es procesamiento.
El martes tenía una cita médica. Ocho kilómetros desde casa hasta la Clínica del Country. Subí al carro sin pensar más en el asunto. Semáforos. Curvas. Puentes. La ciudad funcionando como siempre.
Al llegar al norte de Bogotá, en medio del tráfico, un hombre me gritó desde la calle:
—¡Señor! ¡La tablet! ¡Tiene algo en el techo!
Me detuve. Bajé el vidrio. Miré hacia arriba.
Ahí estaba.
Mi iPad. Íntegro. Sin moverse. Sin rayones. Encima del carro.
Había recorrido treinta y cinco kilómetros el domingo. Ocho más el martes. Había atravesado Bogotá. Giros cerrados. Frenadas. Velocidad. Ningún sistema de rastreo. Ninguna correa. Ningún seguro. Nadie lo sostuvo. Nadie lo vigiló.
Y, aun así, permaneció.
No grité. No celebré. No hice un gesto heroico. Solo respiré.
Porque en ese instante entendí que no se trataba de logística, ni de azar, ni de probabilidades. Lo que me sostenía no era visible. Y lo que había “perdido” no estaba enseñándome a recuperar un objeto, sino a reinterpretar el control.
EL LIDERAZGO QUE NO CONTROLA
Vivimos creyendo que liderar es garantizar resultados.
Supervisar. Prever. Prevenir pérdidas. Asegurar sistemas. Cubrir riesgos. Rodearnos de herramientas que eviten errores. Y sí, en parte es cierto. El liderazgo responsable exige estructura, método, prevención.
Pero hay un punto donde todo eso se agota.
Y ahí empieza el liderazgo real.
El iPad no estaba perdido solo porque se quedó en un baño. Estaba perdido porque simbolizaba una dimensión que no puedes medir con KPI, ni con dashboards, ni con doble autenticación: la dimensión de lo invisible.
En mi caso, me vi obligado a enfrentar una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Cuánto de lo que realmente importa depende de mí?
No fue casual que el único dispositivo sin respaldo fuera el más importante. Ni que fuera el que usaba para escribir ideas que no quiero olvidar. Ni que reapareciera sobre el techo de mi propio carro, como si hubiera viajado conmigo sin que yo lo notara.
Liderar no es solo anticipar lo que puede salir mal. Es aprender a avanzar cuando ya salió mal. Es sostener la marcha cuando perdiste algo que considerabas esencial. Es reconocer, sin dramatismo, que hay dimensiones que no lideras… pero que igual te sostienen.
EL MENSAJE DESDE EL TECHO
He hablado muchas veces de estrategia, planeación y resiliencia. He acompañado procesos complejos, decisiones difíciles, momentos de presión real. Pero ninguna presentación me enseñó tanto como esta escena cotidiana.
Porque no vino con lecciones obvias. No hubo fórmulas. No hubo moralejas rápidas. Solo una certeza silenciosa: a veces no se trata de lo que haces, sino de lo que permites que ocurra sin tu control.
Cuando el iPad apareció, no sentí euforia. Sentí orden.
Un orden que no fabriqué. Un orden que no diseñé. Un orden que simplemente estaba ahí.
Agradecí, sí. Pero no al azar. Agradecí la conciencia de que no todo lo esencial necesita protección artificial. Agradecí que algo me fuera devuelto sin que yo hiciera nada para que volviera.
Como líderes, estamos entrenados para explicar. Para justificar. Para entender causas y efectos. Pero hay momentos en los que la explicación estorba más de lo que ayuda.
Hay momentos en los que solo debes dejar que lo que se sostiene… se sostenga.
Y preguntarte con honestidad:
¿Qué otras cosas están sobre mí que no veo, y que aun así me protegen?
Este no fue un mensaje desde el cielo. Fue desde el techo.
Y para alguien que tiende a querer controlarlo todo, fue suficiente para reordenar la semana.
CUANDO EL CONTROL ES UNA ILUSIÓN ÚTIL
No tengo la respuesta exacta a lo que pasó.
Y, curiosamente, no la necesito.
Porque el liderazgo no siempre se trata de entender, sino de interpretar. No de dominar el evento, sino de leer su significado.
Lo que interpreté fue esto:
Hay pérdidas necesarias.
Hay recuperaciones inmerecidas.
Y hay momentos en los que lo invisible actúa mejor que cualquier plan.
Hoy sigo revisando mis sistemas. Activando respaldos. Ajustando protocolos. Haciendo lo que corresponde. Pero también haciendo otra cosa: preguntándome con más cuidado dónde estoy confundiendo control con responsabilidad.
Porque no son lo mismo.
El control busca dominio.
La responsabilidad busca coherencia.
Lo técnico se puede corregir.
Lo simbólico se debe escuchar.
Ese iPad era una herramienta. Pero también fue un espejo. Me mostró cuántas veces creo estar al mando cuando, en realidad, solo estoy siendo guiado por algo más grande que mi agenda.
Me mostró que hay cosas que no se caen… no porque las aseguraste, sino porque no era su momento de caer.
EL PRINCIPIO QUE QUEDA
Esta experiencia no me volvió menos riguroso. Me volvió más humilde.
No me quitó estructura. Me quitó arrogancia.
No me enseñó a soltar el liderazgo, sino a ejercerlo desde otro lugar: menos obsesionado con el control y más atento al orden que ya existe.
Porque liderar no es sostenerlo todo con las manos. Es saber cuándo algo se sostiene solo, y no estorbar.
Y esa es una lección que no se aprende en juntas, ni en universidades, ni en libros.
Se aprende cuando pierdes algo importante, sigues avanzando, te bajas del carro… y miras hacia arriba.
A veces al techo.
A veces más allá.
Y recuerdas algo simple, pero decisivo:
Hay cosas que no lideras.
Pero que, aun así, te sostienen.
Eso también es liderazgo.
